ABRIÓ la PUERTA EQUIVOCADA

ABRIÓ la PUERTA EQUIVOCADA

El 2 de agosto de 2021, la vida de Erika Yannira Morales, de apenas 16 años, se detuvo por un error de milímetros. En una discoteca de Pasto, intentó entrar al baño, pero abrió la puerta equivocada. Ese gesto desató una furia inexplicable en dos mujeres que la emboscaron. Mientras una la sujetaba del cabello, la otra descargó dos gølpęs secos con una botella de whisky sobre su nuca.

Lo que parecía una pelea de juventud se transformó en cuestión de horas en una pesadilla médica: al llegar a casa con mareos y vómitos, el diagnóstico en el hospital fue una sentencia: trauma cerebral severo. Érika entró en un coma que se extendió por un año y siete meses.

Cuando despertó, el diagnóstico era otro: un infarto cerebral múltiple la había dejado atrapada en su propio cuerpo. Consciente pero incapaz de moverse, hablar o respirar por sí misma, Erika tuvo que aprender a comunicarse con los ojos a través de un abecedario inventado por su familia, el único puente entre su mente lúcida y un cuerpo convertido en prisión.

La historia de Erika se definió por una dualidad fascinante: su madurez prematura y la calidez de su hogar. Quienes la conocieron la describen como una adolescente inteligente, dedicada al estudio, y de una presencia física imponente que la hacía lucir mayor de lo que su edad cronológica indicaba.

La vida de Erika se dividió temprano tras el divorcio de sus padres: Tatiana, ocho años mayor, se fue con su padre, mientras Erika creció con su madre, quien moldeó su carácter y fomentó su talento culinario. A pesar de la distancia, las hermanas reconstruyeron su vínculo al cumplir Tatiana 15 años, convirtiéndose en cómplices inseparables.

Incluso cuando Tatiana se independizó, su relación se mantuvo sólida. Durante la pandemia, Erika continuó disciplinada, combinando estudios y su pasión por la cocina.

El 1 de agosto de 2021, Erika salió con su grupo de amigos a una fiesta, apenas quince días después de mudarse a su nuevo hogar. Lo que parecía un plan común se tornó peligroso cuando, ya entrada la tarde, conoció a personas ajenas a su círculo habitual y aceptó la invitación para continuar la reunión en otro lugar, donde la dejaron entrar siendo menor de edad.

Durante la celebración, un simple error —abrir la puerta equivocada del baño— desencadenó la furia de otras asistentes, marcando el inicio de un trágico suceso que cambiaría su vida para siempre.

El error de Erika desató la furia de una mujer, y la pelea escaló rápidamente. Aunque Erika logró defenderse, la intervención de terceros cambió el curso del ataque. Testigos, incluido su primo, señalaron que dos mujeres, primas entre sí, la agredieron brutalmente: una la sujetó del cabello y la otra le golpeó la cabeza con una botella de whisky.

Cuatro días después, los propietarios del lugar demolieron y reconstruyeron la estructura, lo que generó sospechas de posible alteración de evidencias, pues no existen registros de video del incidente.

Tras la agresión, Erika vivió un breve intervalo de lucidez: regresó a casa con su primo, compartió una cena y parecía estable. Sin heridas visibles, la gravedad del trauma pasó desapercibida. Sin embargo, a las 3 a. m. del 2 de agosto comenzó a empeorar: vómitos y gritos alertaron a su madre.

Para las 9 a. m., al ingresar al centro médico local, su estado era crítico, con signos de falla neurológica, y fue trasladada urgentemente a Pasto, dejando a su hermana Tatiana frente a un desgarrador panorama.

Aunque Erika podía mover los ojos y extremidades, la lengua entumecida le impedía hablar, pero logró contar al médico la agresión. Ingresó con 16 años presentando cefalea intensa, debilidad, náuseas y sudoración fría.

El golpe con la botella causó un trauma interno severo, hipertensión y frecuencia cardíaca dispąrada. Su madre, al llegar a Pasto y verla conectada a respirador y sondas, sufrió un colapso nervioso por la gravedad del estado de su hija.

La familia vivió días de agonía en salas de espera y en casa de una amiga, enfrentando el pronóstico desesperanzador de los médicos. Tras 60 días, ocurrió un milagro: Erika abrió los ojos, aunque con la mirada perdida y pupilas dilatadas, y los médicos advertían que despertar no aseguraba recuperación.

El 5 de agosto de 2021, se presentó denuncia formal contra los agręsores y los dueños del establecimiento; el primo de Erika identificó a las atącantes, dos mujeres del entorno familiar en Sotomayor. Tres años después, el sistema judicial no avanzó: el local fue demolido y reconstruido, una agręsora huyó y la otra sigue libre en la zona. La familia reclama justicia y cuestiona la aparente protección legal a los responsables.

Mientras su hermana Tatiana, embarazada, esperaba afuera, Erika enfrentó procedimientos que rozaron la negligencia: una sonda mal posicionada causó peritønitis, requirió cirugías, lavados internos y transfusiones.

Tras un año y siete meses de hospitalización, Erika regresó a casa en Sotomayor, enfrentando la cruel realidad de la cuadriplejía y los estragos físicos de su cuerpo. Consciente de su situación y agotada, tomó la dolorosa decisión de pedirle a su hermana Tatiana la “prueba de amor” definitiva: dejarla partir.

Lo que siguió fue un proceso de entendimiento familiar. La palabra despedida, antes impronunciable, se convirtió en un acto de empatía diaria. Bajo el amparo de la legislación colombiana y con el respaldo de su madre, Alba Morales, y su hermana Tatiana, iniciaron el trámite para el procedimiento de eutanasia a través de la EPS Emssanar.

Y aunque al principio le negaron la petición, tras la difusión en redes sociales y medios de comunicación, la EPS, luego de varias prórrogas, aceptó el procedimiento. El 1 de marzo de 2025, tras una lucha diaria, Erika, con 20 años, cerró los ojos por última vez en una clínica, rodeada del amor que la sostuvo durante años y con una serenata de despedida.

Pero su partida no cierra el
expediente. Aunque Erika ya no está, los nombres de sus presuntas agresoras, Leidy León y Glair Gómez, empezaron a resonar con más fuerza. A pesar de que el proceso judicial avanza con lentitud desesperante, la familia Morales es enfática: la eutanasia fue la salida del dolor físico, pero la justicia es la única salida del dolor moral.

También dijo que respetar la decisión de su hermana fue el acto de amor más grande, pero no fue el final de su historia. Erika era una niña con futuro, una hija y una amiga que hoy ya no está. Duele contar estas historias, pero duele más saber que las culpables siguen en las calles como si nada hubiera pasado.

Comments

No comments yet. Why don’t you start the discussion?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *